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En Riudecanyes, año 1826, comenzó esta bella historia: dos mujeres, Teresa Toda y Teresa Guasch...
Aquel grano de mostaza que en 1878 fue echado en los campos de la Iglesia, se ha desarrollado sólidamente.
Creced como violetas, volad como palomas, con sencillo corazón.
Siendo para los jóvenes y niños, madres, maestras y amigas.
Nos esforzamos para que los distintos lugares donde desarrollamos nuestra misión sean espacios de acogida.

CARISMA

en portada
carisma
Nuestro carisma está vinculado a la experiencia de vida de nuestras Madres Fundadoras, Teresa Toda y Teresa Guasch, madre e hija, quienes vivieron en el siglo XIX, en un pueblo de Cataluña, Riudecanyes. Teresa Toda, constituyó con Antonio Guasch su hogar, pero pasados tres meses, la vida de Teresa se vio envuelta en una situación de maltrato, hasta el punto de que la vida de la criatura que esperaba corría peligro. La situación al lado de Antonio se hizo tan difícil, que tuvo que pedir al tribunal eclesiástico del Arzobispado de Tarragona la separación canónica de su marido que le fue concedida. Antonio se alistó en las filas carlistas y desapareció de la vida de Teresa y de su pequeña hija.

Teresa Toda y Teresa Guasch habiendo experimentado el sufrimiento, acogieron como propio el sufrimiento de las niñas huérfanas y fundaron un instituto dedicado a acogerlas y educarlas comenzando así un camino de extensión y consolidación del Reino de Dios.

Nuestro Instituto desarrolla su misión de extender y consolidar el Reino de Dios a través de la educación en colegios, hogares para niños y niñas en situación de riesgo familiar, catequesis, misión ad gentes entre otros, en varias ciudades de España, en siete países de América y dos países de África.

El carisma que el Espíritu Santo derramó sobre Teresa Toda y Teresa Guasch -el de configurarse con Jesús en el misterio de anonadamiento e infancia espiritual- ha sido dado a cada una de las Hermanas Carmelitas Teresas de San José a través de los tiempos.

Todas las Hermanas hemos experimentado la mirada misericordiosa de Dios que nos lleva a mirar compasivamente a nuestros hermanos.

El Espíritu Santo suscita también en los laicos el don carismático otorgado a nuestra Madres que empieza a crecer en la Iglesia.